lunes, 8 de septiembre de 2014

Crónicas de campaña: Pendragon 1: 'El comienzo'.



En vista que me está costando realizar reseñas de los libros que vengo leyendo por falta de tiempo y mi necesidad neurótica de que sean medianamente aceptable, he decidido cambiar al menos de momento un poco de rumbo este blog. Por lo tanto mientras tanto voy a llevar una crónica de una nueva campaña  de rol que he comenzado con un grupo reducido de jugadores. Aquí el comienzo de una leyenda.




 Un poco de historia.


Dirijo rol desde hace unos 15 años (no soy tan viejo tengo 32), actualmente llevo una campaña de Pathfinder con mi  grupo regular de unos ocho jugadores, siendo muchos de ellos parte de mis partidas desde el principio. La historia lleva más de cuatro años en desarrollo y la denomine ‘Hijos de Noria’, la que al estilo Malaz estoy tratando de transformarla en novela.

Pero en este caso  Pendragon  es un proyecto mucho más pequeño. Dado que por un lado la ambientación obviamente no es propia y por el otro son menos de la mitad de los personajes principales habituales que manejo. Sumado a la falta de material nuevo  en este blog he decido conjugar ambas cosas en unas crónicas con cierto  tinte de cuentos.

El sistema de juego es Pendragon 5.1 y el escenario de campaña es el excelente ‘The Great Pendragon Campaign’. Espero que ustedes sepan disfrutarla como lo hacemos nosotros al jugarla al mismo tiempo que porque no buscar inspirarlos para que conozcan y desarrollen sus propias ideas dentro de este maravilloso universo artúrico de caballeros y leyendas.



Introducción:

Las cosas habían mejorado bastante para Verruga desde que Merlín había llegado a la corte. Antes de arribo del enigmático hechicero el anterior tutor siempre lo golpeaba en la cabeza con una pesada regla cuando se equivocaba en sus lecciones de latín, rudimento de lógica o lógica aristotélica. Obviamente a Kay esto nunca le ocurría a pesar de ser menos aplicado que el pobre Verruga, pero la gran diferencia radicaba en que Kay seria algún día señor de la casa y un caballero en toda regla, mientras que Verruga con mucha suerte podría convertirse algún día en su simple escudero.

Claro que Verruga  no  era su verdadero nombre, pero ya lo había adoptado casi como tal. Al principio le llamaban así los otros niños nobles en forma despectiva siendo su origen una deformación lingüística de su nombre original en la baja lengua, pero con el paso del tiempo el insulto se había convertido en un mote cariñoso utilizado por todos en el castillo, Verruga era un niño que se hacia querer. Nadie sabía quiénes eran los padres del chico, muchos decían que era fruto de una concubina y el padre de Kay; Sir Héctor, otros hablaban  que había sido abandonado en la puerta del caserío del castillo con una misteriosa nota u otros rumores contaban que el joven paje era el hijo ilegitimo  de cierto señor honorable del norte, que  protegía un misterioso y gigantesco muro mágico de  unos salvajes que querían cruzarle. La verdad era que el muchacho estaba solo en el mundo  si no fuera por Kay y su padre quien siempre lo había querido como a su propio hijo.

Aquella tarde de invierno el frió era intenso y la nieve azotaba con furia las paredes del castillo. El fuego crepitaba en la chimenea tratando en vano de hacerle frente a las gélidas temperaturas que amenazan por congelarlos a todos. Esa tarde Merlín había puesto a estudiar a los dos jóvenes viejas heráldicas de tiempos antiguos, símbolos de familias que por una u otra razón había ya dejado de existir fruto de la guerra, la enfermedad o la vil traición, una tarea más que tediosa para los dos jóvenes pajes.

Estoy aburrido. Esto no me sirve para nada y no me va a ayudar a convertir en el mejor caballero de todo Britania Dijo Kay a Merlín con irritación tomando su rostro un color rojo  tomate como siempre ocurría cuando sus caprichos no eran contemplados.

El anciano observo a los dos jóvenes y sus largas caras de aburrimiento marcadas por  el bostezo y mirándolos  fijamente dijo lo siguiente.

Está bien dejemos los viejos blasones para otro día, les contare una historia. ¿Qué tipo de leyendas  les gustaría escuchar? Pregunto el mago con aires de cierta malicia, utilizando la misma expresión que siempre recurría cuando hacia alguna pregunta con cierta trampa.

Una que tenga espadas mágicas, amores traicionados y caballeros valientes. ― Expresó soñador Verruga ahora mucho más despierto e interesado.

― Todas esas cosas son estupideces de doncella ¿Quién quiere conocer una historia tan tonta como esa? Mejor que sea de caballeros, combates y bestias malignas.

Merlín se acicalo la barba como siempre hacía cuando se enfrascaba en sus oscuras cavilaciones.

― Esta bien, esta historia comenzó en el año 485 de la era de cristo. Siendo sus protagonistas cuatro jóvenes escuderos que buscaban convertirse en caballeros y que el destino les deparaba cambiar la historia del mundo entero para siempre.




 El comienzo:

Todo comenzó en tiempos del Rey Uther Pendragón, que en aquella época gobernaba todo el país de Logres, el más grande y poderoso de Britania. Siendo uno de sus vasallos más reconocidos  el Conde Roderick de Salisbury en donde cuatro jóvenes escuderos estaban entrenándose para convertirse en verdaderos caballeros.

Por un lado teníamos a Gabriel de Woodford quien pertenecía a una antigua familia que aún se aferraba con fuerza  a los rituales paganos y utilizaba cada oportunidad para discutir con los cristianos. Siendo su abuelo acecinado en una emboscada por parte de una incursión de los Pictos junto con otros tantos caballeros de Salisbury. Mientras que el padre de Gabriel había sido un importante caballero que había formado parte del grupo selecto que había elegido a Uther Pendragón como rey. Recibiendo como distinción una extraordinaria espada de bronce que luego de su muerte fue heredada por Gabriel llamada ‘Fulgor’. Con algo de sangre sajona en las venas Gabriel era un gigante entre sus iguales y de una fuerza poco usual entre los candidatos a caballeros. Aunque sus brazos y su cara habían sido quemados en un incendio donde justamente había muerto su padre.  

Otro de los jóvenes escuderos era Lewis de Pitton un joven de infancia triste,  perseguido por la mala suerte familiar. Su crianza y educación había recaído en gran parte en manos del hermano de su madre  Carlson “El valiente” llamado así en tono de burla dado que nunca había podido convertirse en caballero por su gran cobardía aunque era un gran administrador. El tío había criado a su sobrino bajo el dogma de la fe católica romana y esto había marcado a fuego al joven Lewis desde muy pequeño llegando a ser muy devoto. Lewis era un joven responsable y  un buen jinete. Su voz era potente y sus ojos café trasmitían sinceridad.

A su vez amigo y compañero  de estos otros dos escuderos teníamos a Héctor de Newton. Un joven carismático, atractivo  y lujurioso, más dispuesto a las damas  que a las armas. Su cabello rojo, su baba en forma de chiva y su voz melodiosa lo distinguían de todos los demás chicos de la zona.  Su familia y en especial su padre habían alcanzado una fama sin igual algo que todos destacaban al ver su escudo familiar, cosa que siempre irritaba al joven escudero dadas las continuas comparaciones y expectativas desmedidas que tenían todos sobre él con respecto a sus antepasados.  Héctor al igual que Gabriel seguía las viejas costumbres de los dioses antiguos de los bosques y los lagos, pero la religión era de las últimas cosas que le interesaban al pícaro escudero. Para lo único que tenía voluntad era para perseguir alguna falda en vez de entrenar con sus armas.       

Por último y no menos importante estaba Branco, el joven señor de  Dinton. Un mozo diestro con las armas pero muy poco aplicado a la limpieza y mantenimiento de las armaduras y equipo. Siendo una y otra vez regañado por esto mismo por parte de Sir Elad el Marshall de Salisbury quien había entrenado a los cuatro jóvenes desde que ellos eran muy pequeños. Todos ellos contaban ya con unos veintiún años de edad. 

Y así sucedió que un día los campesinos del pueblo de Imber fueron acosados por una terrible criatura a la que le adjudicaban poderes sobrenaturales. Asustados, los pueblerinos se negaban a trabajar las tierras del Conde y por lo tanto Sir Roderick le encargó a Sir Elad que acabara con la bestia y volviera al trabajo a los villanos.

Pero Sir Elad ocupado como estaba en tareas mucho más importante decidió que dicha faena debía recaer en sus escuderos más prometedores. Por lo tanto encargo a Héctor, Gabriel, Lewis y Branco la misión de resolver este problema. Para decidir quién lideraría esta expedición se decidió que será atreves de una justa. Siendo derribados tanto Héctor como Gabriel por parte de Lewis. Pero este a su vez fue vencido por Branco que como castigo por su haraganería y llegar tarde al llamado se le obligó a justar con su caballo no preparado para este tipo de contienda, pero a pesar de los nervios de su montura logro imponerse ante los ojos de los atónitos aprendices.     

Los escuderos viajaron desde Tilshead, el castillo de Sir Elad, hasta Imber. Allí fueron recibidos por el sacerdote del pueblo, el Viejo Garr, un bastardo noble quien luego de discutir con Gabriel dada sus costumbres paganas les guió hasta el bosque donde se había visto la criatura. Ninguno de los cuatro escuderos era buen cazador y fue el propio sacerdote quien los ayudo a seguir las huellas de la bestia. Descubriendo que dicha criatura era un viejo oso al que encontraron durmiendo en una cueva. Los escuderos decidieron utilizar su ingenio y realizaron una fogata con leña verde para causar mayor cantidad de humo  en la entrada de la cueva. Provocando que la criatura saliera asustada y enfurecida hacia el encuentro de los jóvenes que lo esperaban con armas en manos.   

Pero en el momento de la acción la maldición familiar de Lewis lo azoto y provoco que saliera huyendo de la criatura ganándose el nombre de Lewis “Pies ligeros” adjudicado por Branco. Mientras que los demás caballeros se enfrentaron valientemente a la bestia espantada. El oso desesperado en un embate de furia y dolor dado los golpes recibido por el hacha a dos manos de Héctor, la espada de Branco y el mandoble de Gabriel   le propino justamente un golpe demoledor a este último, arrancándole un ojo antes de caer abatido. Provocando que desde ese día fuese conocido como “Gabriel el ciclope” por parte de sus aliados y enemigos.

Los escuderos llevaron la cabeza del oso hasta Imber, donde los campesinos les recibieron con grandes muestras de alegría.

Cuando al día siguiente los jóvenes regresaban a Tilshead escucharon gritos de desesperación en una pequeña villa. Un campesino herido les pidió ayuda, ya que unos bandidos estaban saqueando su aldea. Los tres escuderos se lanzaron al ataque mientras que Gabriel permanecía convaleciente en un carro y se lanzaron al encuentro de tres saqueadores. Lewis después a redimirse capturo a dos ladrones con vida y cuando un tercer saqueador trató de ensartar a Branco con un virote de ballesta, Héctor salido de la nada y procedió a noquearlo de un espadazo antes de que accionara el gatillo de la malévola arma. Mientras que un ladino delincuente decidió encargarse del convaleciente escudero, pensando que sería pan comido dada su supuesta debilidad. Pero el malviviente  no advirtió que este a pesar de las vendas ensangrentadas que cubría su ojos destrozado se había  percató del saqueador y tomo su legendaria espada dinástica llamada “Fulgor”  y le propino un único golpe que lo decapito por completo a pesar de las  heridas sufridas por del gigante pagano con su encuentro con el oso.  

Otros dos bandidos salieron de una cabaña cercana y se rindieron ante los escuderos siendo llevados prisioneros. Los jóvenes viajaron con Sir Elad a la capital del condado, la ciudad de Sarum para informar lo que había ocurrido. Allí fueron recibidos por el Conde Roderick en persona el que quedó más que complacido por la muerte del oso y la captura de los bandidos quienes luego fueron colgados como dictaba la ley por aquellos años. Algo que molesto al joven Branco, ya que entre murmullos dijo que “aquello no era verdadera justicia”.

Por la noche hubo una fiesta y se informó a los escuderos de que serían nombrados caballeros el día siguiente. Tanto Lewis como Branco, como buen cristiano, pasaron  la noche en vela en la capilla. Mientras que Héctor  y Gabriel, ambos paganos, prefirieron permanecer en el patio de armas, a la luz de la luna rezándole a sus dioses.

El día siguiente el Conde Roderick les tomó los juramentos de lealtad y caballería y les entregó sus armas y armadura y el derecho a tomar posesión de sus feudos como sus legítimos señores. Dando paso a una vieja tradición llamada el “salto” en donde los jóvenes caballeros debieron correr con sus armaduras y subir de un brinco a sus caballos. Logrando la terrible hazaña todos los recién nombrados  caballeros menos Branco quien cayó al suelo aparatosamente causando la risa de todos los cortesanos allí presentes.

El invierno llego y cada uno de los nuevos caballeros volvieron a sus responsabilidades hogareñas  ahora como señores ansiosos por que llegara la primavera y con ella nuevas aventuras.  

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